La niña que arrastra una carreta de chatarra para poder comer

Reportaje de Sheyla Urdaneta publicado en El Pitazo

Tiene 11 años y tuvo que dejar la escuela para ayudar a sus padres arrastrando una carreta con chatarra | Foto: Carlos Sosa

Maracaibo.- Camina a diario 16 kilómetros. Camina de su casa al relleno sanitario en Maracaibo. Hurga entre la basura y separa el hierro, aluminio, plástico, y los sube a una carreta. Una carreta que arrastra y empuja con su cuerpo. Una carreta llena de chatarra que antes era llevada por un burro, pero este murió.

Tiene 11 años y se llama Ruth de Jesús Vílchez Navarro. Su ropa está sucia, muy sucia; sus pies, descalzos, llenos de barro y arena; las manos, curtidas; el cuerpo también. No solo trabaja entre la basura, sino que carga con ella. Con esto se ganan la vida para medio comer. Su papá, su mamá y dos de sus hermanos llevan el sustento a casa. Esa responsabilidad es quizá más pesada que la carreta, y Ruth la lleva en sus hombros.

Con su familia llegan hasta la entrada del relleno sanitario, ubicado en La Concepción, a media hora de la capital. Aquel es el sitio donde descargan la basura de tres municipios del Zulia: Maracaibo, San Francisco y Jesús Enrique Lossada. Allí revisan y recogen lo que necesitan para poder vender en la fundidora donde les pagan por lo que lleven.

Hace un año que no va a la escuela. “Estaba en tercer grado, pero como el burro se murió, tuve que trabajar y dejar las clases”, dice con nostalgia. Vive en el barrio Brisas del Morichal, en el oeste de la ciudad, en una de las parroquias más pobres de Maracaibo, con casas a medio terminar, sin agua, “con luz de contrabando”, sin gas. “Aquí no hay nada”.

Ruth es una niña con fe. “Le agradezco a Dios que todavía estemos vivos” | Foto: Carlos Sosa

A las 7:00 de la mañana sale de su casa y regresa cerca de la 1:00 de la tarde, después de ir al basurero, escoger la “mercancía”, subirla a la carreta y llevarla a la fundidora donde le compran lo que lleva. “Un día bueno nos pagan 5.000 bolívares. Ese día comemos arroz con frijoles. Hay otros días en los que comemos solo arroz, o comemos arepas solas. Hay días peores, que son aquellos en los que no comemos nada”

No recuerda cuándo nació. Su mamá le sopla que fue el 4 de julio de 2005. “Me confundo, porque mi hermanita de un año nació el 1 de julio. Pero sí recuerdo que nací en El Moján”.

Añora ir a la escuela. “Me concentraba solo en estudiar para ser alguien en la vida. ¿Qué es ser alguien en la vida? Pues tener una profesión, salir del barrio, tener una casa linda con ventanas, un televisor, un cuarto grande y trabajar en lo que yo quiero ser, no en estar arrastrando una carreta”.

Ruth, de grande, quiere ser chef. “Quiero cocinar de todo. Yo solo he hecho arroz, sopa de frijoles o frijoles secos y arepas, pero lo que hago me queda bueno”, cuenta orgullosa.

“Yo lo que quiero es no tener esta vida ni un minuto más. Yo quiero levantarme temprano, bañarme, ir a la escuela”. Porque en el barrio de Ruth no hay agua y no pueden pagar todos los días para que les llenen un tonel. “Con lo que a mí me gusta bañarme y peinarme y no estar así de sucia”.

En su casa vive con sus hermanos, su papá y su mamá. “Yo tengo mucha fe y le agradezco a Dios que todavía estamos vivos. Es que empujar una carreta como si fuéramos burros es muy cansado”.

Cuenta que se pone triste, pero que se muestra fuerte ante su familia. “A veces lloro, pero lo hago cuando estoy sola. Me pone triste tener que trabajar y me pone triste tener hambre”.

Ruth se pregunta por qué ella no puede tener oportunidades. “A veces, cuando voy en la carreta, veo a la gente bien vestida y quiero ser como ellos. Yo soy alegre, soy responsable y me dicen en la Iglesia que soy muy inteligente”.

Porque a Ruth la sostiene su fe. “Voy a la iglesia Movimiento Misionero y estoy segura de que Dios tiene un propósito conmigo, por eso no me gusta ser rencorosa, para que Dios no me olvide”.

Y entonces los ojos de Ruth se llenan de lágrimas. “A mí no me da pena lo que hago, porque estoy trabajando y no robando, pero me duele que yo no pueda hacer lo que me gusta”.

Se limpia las lágrimas y sigue: “Yo tengo sueños, y sueño con ser grande y tener un restaurante y que ya no vivamos aquí por el peligro con los malandros. Sueño que ya no tengamos que arrastrar la carreta y que las que eran mis amigas del colegio ya no me hagan burla y me griten: ‘¡Burrera, burrera!’, y que no se rían de mí. Y también sueño otras cosas. Por ejemplo, sueño que como torta. Hace años que no como, ya ni me acuerdo cuándo fue la última vez”.

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