En el país de Mad Max

Por: Jean Maninat

De no haber sido verídico y cruel el suceso que se vivió recientemente en una arteria vial de Caracas, podría haberse pensado que se trataba de una recreación cinematográfica, una parodia vernácula inspirada en la célebre trilogía australiana de ciencia ficción apocalíptica: Mad Max.

A plena luz del día, en medio de un torrente alucinado de metal, plástico, caucho, aceite y pistones; una gandola, esa especie de poderoso brontosaurio que remolca una cola y aterroriza a los conductores como su antecesor jurásico lo hacía con otros saurios menores, encalló estrepitosamente en un control de altura infranqueable para sus dimensiones. Hasta aquí, el hecho constituiría solo una historia curiosa de tráfico motor urbano, un percance más producto del descuido humano al volante. Lo que siguió, lejos de ser baladí, refleja el grave estado de descomposición moral y atonía social que vive el país.

Por la herida frontal del brontosaurio de múltiples ruedas, empezaron a brotar paquetes de carne, pedazos de túrgida materia que en su desborde aplastaron la cabina del conductor, quien sucumbió asfixiado, mientras una ventolera de aves de rapiña humanas surgía de todos lados para saquear la mercancía. Repelida a duras penas por la “ley”, se replegó solamente para dar paso a más de trecientos motorizados que venían a por lo suyo: un camión lleno de alimento proteínico, preciada presa en tiempos de escasez, fallas eléctricas, carreteras con cráteres lunares y bandidos haciendo de las suyas por doquier. We don’t need another hero podría haber tronado la voz en off de Tina Turner.

En cualquier país medianamente decente, con gobernantes normalmente preocupados  por el bienestar de sus gobernados, con  algún grado de civilidad y sentido del bien común, el hecho hubiese provocado una cierta conmoción, al menos la suficiente para alarmar el sentido de responsabilidad de quienes gobiernan una nación. No así en Miraflores, donde hace ya un buen tiempo se desconectaron los teléfonos, se apagaron las radios y televisoras que podrían dar cuenta de la lamentable situación que vive la población por la que deberían estar trabajando, y no vacilándola con cuentos chimbos de humo y miedo.

Mientras el país se consume en un caos a fuego lento, las historietas con las que el Gobierno quiere suplantar la realidad se suceden tan vertiginosamente que es imposible llevarles el ritmo, seguirles el rastro, sentir al menos algo de ansiedad por saber cuál sería el desenlace. Apenas comienza la saga de los colombianos asesinos y mercenarios -siempre son colombianos a pesar del Dr. Santos y sus esfuerzos- y el caso se esfuma, desaparece de la faz de la pantalla chica o grande sin terminar la primera temporada, como una mala serie de televisión. Los reclamos y amenazas contra Obama se repiten día a día, son un “agárrame que lo mato” que no sobresalta ni al más incauto junior de los servicios secretos. ¡Oh boy, not Maduro again! Se dicen mientras le dan golpecitos con un dedo al audífono que siempre llevan en el oído derecho.

Ahora, el Gobierno ha desenterrado el hacha para enfrentar una supuesta “guerra económica” que estaría socavando todo lo bueno que ha hecho para reordenar las finanzas, incrementar la producción, sanear la empresa petrolera, recuperar la industria nacional y ordenar los números macroeconómicos. Pero no, el imperialismo yanqui, ofuscado por la envidia que le causan los éxitos económicos ajenos, no lo permite; por eso dedicó a tres de sus más temibles agentes al sabotaje eléctrico- económico-político para acabar con el socialismo del siglo XXI, todo hecho en la vía pública y bajo el incandescente Sol del estado Bolívar, para que no quedara duda de sus designios bélicos.

La parodia no hace otra cosa que recalcar la enorme insolvencia que recorre el alto mando de la “revolución”. Creen que gobernar es una permanente puesta en escena exuberante de gestos violentos, puños amenazantes, muecas terribles, gritos iracundos, toda la panoplia de subterfugios con que las hordas creen acallar sus propios miedos y futuras víctimas.

Hasta ahora, los damnificados de la más reciente opereta han sido tres funcionarios diplomáticos norteamericanos que probablemente rezaban a diario por obtener un traslado a un destino más benigno y seguro; y tres funcionarios diplomáticos venezolanos que a estas alturas deben estar maldiciendo su suerte, y al bocazas de su jefe, mientras llenan carritos y más carritos de cuanta mercadería encuentren en los supermercados de Washington D.C. y sus alrededores.

En el país desértico de Mad Max, los villanos son de utilería y sucumben a sus propias bufonadas crueles. En el nuestro, los que mandan son de carne y hueso y van dando tumbos coléricos hacia la frase que termina la función: The end. 

@jeanmaninat

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