Donde digo digo, digo Diego - Carlos Raúl Hernández

La buena, la mala y la fea: Kant solo para adultos – Carlos Raúl Hernández

Publicado en: El Universal

Por: Carlos Raúl Hernández

Cambiar el nombre de la autopista Fajardo por Guaicaipuro lo promovió algún maniático “originario”. Pero el “indio de la autopista” requiere un debate de mayor dignidad del que se ha dado por criterios políticos y no estéticos, de ideólogos rabiosos v. s bienpensantes “horrorizados de semejante mamarracho”. Algún día se hará, mientras tanto, cada vez esa escultura me parece más “interesante”, como dicen los que saben. ¿Qué es lo bello?, lo aborda la tercera crítica de Kant, luego de la Crítica de la razón pura y la Crítica de la razón práctica: la Crítica del juicio, traducida también como Crítica de la facultad de juzgar, trata el bloque de problemas en torno a la creación, el arte y la sensibilidad estética. Kant piensa que lo bello, salvo en la naturaleza, no es una propiedad de las cosas, sino creación del artista, y los jardines por ejemplo, la escenografía de los grandes bailes, por sus efectos visuales son arte pictórico. Sinfonías, sonetos, óleos, se hacen para ser bellos, son belleza creada, diferente de la belleza natural de personas animales, paisajes, plantas, que nos proporcionan placer visual, las llama también “belleza libre”. La belleza adherente, es la que agregamos a cosas de fin práctico por medio del diseño.

La función de un edificio, un automóvil, un yate, un puente no es ser primorosos, pero la ergonomía los hace sofisticados y cómodos, y una Silla Barcelona, sacrifica el confort al arte con gran éxito. Un querido amigo estaba enamorado de las sillas Barcelona y lo acompañé a buscarla por Ginebra, donde él vivía. En la misma tienda había un ejemplar auténtico y una copia casi exacta a mitad de precio. -“La verdad es que nadie sabrá que es imitación”, comenta mi amigo al vendedor, tratando de autoconvencerse de comprar la barata -“lo sabrá Ud., señor, cada vez que la vea”, respondió el anticuario, lacónico. Mi amigo estaba autoatrapado y compró la original. Los genios incuban y producen grandes cambios en el arte, sísmicas rupturas en el gusto, con técnicas o estilos revolucionarios, y no les interesa o no pueden explicarlos teóricamente, pero siguen creando objetos hermosos, trascendentes. Según desarrolla Kant, si digo que “me gusta-me agrada” en relación a personas, animales o cosas, la afirmación tiene un alto contenido subjetivo, no aspira ser norma, sino expresar una preferencia, un “juicio empírico”, definir a alguien o algo que ejerce sobre mí atracción por diversas razones, acaso parcialmente explicables.

Si digo “ella me gusta” encierra una preferencia intransferible, íntima, que no se relaciona necesariamente con patrones, medidas, conceptos o cualquier nivel normativo. San Penn primero le dio knockout a Madonna y dos décadas más tarde se separó de Scarlett Johanson porque “era una gorda”. Si me gusta, sus defectos no son importantes para mí, me agrada y me es indiferente lo que piensen otros, no es un juicio crítico que aspira universalidad. Kant naturalmente valora la subjetividad de me gusta-agrada, pero aspira ascender a un concepto teórico riguroso de belleza, un “juicio puro”: “no es que me gusta a mí sino que es bello”. “!Qué bella!” es distinto a “me gusta”, porque hace referencia a un patrón trascendente y compartido. “Bello es lo que… gusta universalmente”. La emoción que experimentamos ante La piedad es desinteresada y universal, un juicio estético objetivo, no tiene que ver con ningún aspecto práctico, ya que no podemos llevarla a nuestra casa para colocarla en el recibo o venderla. Kant distingue “las cosas bellas” de “las cosas buenas” y a nadie pasa por la cabeza que usara un doble sentido, como lo hace Beny Moré. De éstas últimas dice que constituyen “objeto de gusto general, cosa que no ocurre con lo agradable ni con lo bello” que, al contrario, son solo sensibilidad estética pura.

¿Cómo es un juicio objetivo, no subjetivo, sobre “bello”? Paradójicamente hay un componente “democrático”, noción que él no usa, aunque sugiere: que guste a otras personas y eventualmente a muchedumbres. “El juicio de gusto adquiere…valor para todos…porque su fundamento determinante se halla tal vez en …el sustrato…suprasensible de la humanidad”. “Si alguien pretende que algo es bello, supone en los demás ese mismo placer y no juzga solo para sí, sino por todos los demás”. Ese sentido filosófico-práctico para enfrentar tal complejidad suena razonable. La Victoria de Samotracia está en el lugar más prominente del Louvre porque ejerce un atractivo mágico; descabezada y sin brazos, irradia una extraña y masiva atracción, que puede llegar a agalmatofilia o pigmalionismo. El techo de la Capilla Sixtina produjo en la historia decenas de millones de tortícolis, por no decir la Gioconda o el David. El fenómeno se amplía aún más cuando hablamos de ciudades, París, Roma, Florencia, San Francisco, ambientes cuya estética global hace placentero tan solo caminar por las calles y quienes las visitan pueden experimentar “síndrome de Stendhal”.

La Bauhaus, la escuela alemana de arquitectura fundada por Walter Gropius en 1919, concibe y desarrolla urbanismos, espacios y ciudades hermosos para placer de la gente. Tel Aviv es la que tiene el mayor número de diseños de La Bauhaus, más de 4.000, construidos por los fugitivos del nazismo. Existen expresiones o fenómenos de recepción masiva con apoyo de las redes sociales, que son mal arte o no arte, películas, espectáculos, bailes como el Gangnam style. Para no entrar en enrevesamientos diremos que esas creaciones dudosas, por masivas que sean, son fenómenos sociales efímeros mientras el arte tiene permanencia. Kant construye el concepto que explica por qué perduran las grandes obras: el sentido común estético que también llama concepto racional trascendental de lo suprasensible, nos permite reconocerlas y separarlas. Si “lo bello” fuera relativo o dependiera de la mirada como pretende la ideología posmoderna, sería el final del arte, tal cual hacen en manos de estafadores que presentan lienzos en blanco, conchas de plátano pegadas a la pared o crucifijos sumergidos en orine, porque supuestamente la belleza no está en la obra sino en los ojos “conceptuales” del espectador. Son mensajes sin arte, además dudosos.

La creación estética es por esencia autotélicaarte por el arte, su única función es expresar la belleza y si cumple con ese único requisito sine qua non, es válido que transmita ideas políticas o sociales, sea heterotélica. El artista plástico y crítico de arte español, A. García Villarán, llama las obras supuestamente conceptuales “hamparte”. Los dadaístas hacían cosas parecidas con el propósito de expresar su rechazo a la cultura luego de los horrores de la gran guerra, pero fueron también geniales artistas, no como los zarrapastrosos del arte conceptual y el performancismo. Cualquier hijo de vecina puede presentar un urinario en una exposición, pero no es Marcel Duchamp, ni deja un monumental legado de creaciones inmortales como él. El relativismo posmoderno no aguanta la menor crítica sin desbaratarse. Hablan sin saber lo que dicen, para afirmar que la belleza es un criterio histórico, que varía según su marcha, cosa palmariamente falsa. Hoy mantenemos la misma admiración por todos los momentos, desde las cuevas de Altamira hasta Bacon.

Pasamos con la misma reverencia por Homero, Horacio, Séneca, Fra Angélico, Garcilaso, Vivaldi, Giotto, Leonardo, Cervantes, Mozart, Goya, Renoir, Van Gogh, Stravinsky, Picasso, porque en el arte no existe “progreso”, a diferencia de otras prácticas, entre ellas la ciencia. No es mejor Intruso en el polvo de William Faulkner que la Odisea o Fragmentos de Safo por ser actual. Kant hace obsoletas, antes de existir, la Historia de la literatura europea y Escuelas de la poesía griega de Friedrich Schlegel quien nació 50 años después, y el relativismo estético que comete separar arte de no arte a partir de una nomología, un sistema de leyes invariables e imprescindibles métrica, rima, tipos de verso, temas pictóricos o musicales, colores, temas. También deja atrás antes de nacer, la concepción organicista-historicista del arte: “una obra solo tiene y trasmite sentido como parte de la sociedad a la que pertenece”. La poyésis, la creación, comprende y expresa los dramas más profundos del hombre, engloba la pintura, la música y la poesía, que se deriva la filosofía griega. En el arte no hay continuidad de antiguos y modernos sino ruptura. La cultura cristiana, el barroco, aspira desterrar el paganismo, y la Ilustración más tarde define la primera como un dominio de ignorancia, superstición e irracionalidad y reivindica la antigüedad clásica. Pero todas son arte.

 

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