La desunión comprensible – Elías Pino Iturrieta

Publicado en: El Nacional

Por: Elías Pino Iturrieta

Elías Pino Iturrieta

La desunión de los líderes de la oposición tiene varias posibilidades de análisis, pero ninguna es capaz de captar con solvencia sus motivos. Mientras la dictadura multiplica sus errores, los dirigentes de la otra orilla desaprovechan la oportunidad de recalcarlos. Las carestías materiales de la población se multiplican hasta proporciones incalculables, pero los que deben valerse del problema para debilitar la autoridad de quienes las provocan apenas abren la boca. Pese a los rumores sobre querellas internas, el alto gobierno manifiesta una conducta coherente que no se observa en las filas de los que deben presentarse como bloque sólido para acompañar a la ciudadanía en sus pesares. Así las cosas, la disgregación de las fuerzas que han asumido la función de encabezar las luchas populares ni siquiera permite pensar que existen de veras, mucho menos en la posibilidad de que puedan tener alternativas de éxito en el futuro cercano.

Los oposicionistas dicen que trabajan, y se quejan de la incomprensión de sus destinatarios. Pero si en realidad están haciendo su faena, nadie o casi nadie se entera. La descalificación de los partidos en las redes sociales y en las conversaciones habituales, cada vez más dura, parte de sentirlos nadando en las aguas de la abulia porque no trasmiten información sobre sus pasos, porque se empeñan en ocultarlos en una especie de temor a dar la cara que no deja de ser sospechoso. Si uno hace lo que debe hacer, ¿cuál es la razón de la tapadera? Si los señores cercanos a la mirada de los periodistas se parten el lomo en una lucha sin reposo, ¿por qué se empeñan en pasar por perezosos o, peor todavía, por indiferentes? Tal vez no quieran que se conozca la intrepidez de sus ejecutorias por el miedo que provocan las presiones de la dictadura, sin misericordia en general, inhumanas y a la vista de todos, pero no fueron llamados por la vocación monacal sino por un interés en torno al servicio público, en cuyo desarrollo es usual que se vivan trances difíciles, experiencias dolorosas, situaciones de vida o muerte que generalmente no se experimentan en los conventos. Hay casos de líderes que demuestran todos los días su coraje cívico, pero solo son un tránsito de contadas golondrinas. Uno los admira por su asiduidad en la valiente lucha, pero la mayoría del resto de los dirigentes prefiere contemplarlos desde prudente distancia, como si fueran viajeros de otra caravana. Quizá porque no baste la bravura para llegar a la meta, sino la ayuda de otros elementos consistentes en el equipaje. Como un pensamiento digerido y singular, por ejemplo.

Lo más razonable en negocios políticos consiste en reunirse con quienes profesan un conjunto semejante de ideas, y en alejarse de quienes manejan otras diversas y aun chocantes. Si la oposición se ha disgregado por ese tipo de consideraciones no caben objeciones de peso, pero no parece el caso de las distancias de la actualidad. Las separaciones no han sido producidas por la manera de pensar con profundidad sobre el destino de la república, por el ideario que las agrupaciones comparten en sentido colectivo como comunión de planteamientos trascendentes, sino por rechazos movidos por intereses individuales o por la conservación de cuotas de influencia a las cuales se concede estatura inmerecida. Ciertamente hay en la fauna oposicionista ciertos sujetos, o cierto elenco de ellos, cuyo descrédito es evidente y ante quienes conviene un higiénico alejamiento, pero ni siquiera se expresa en público la necesidad de mirarlos con cautela para que la nave pueda navegar con una tripulación digna de confianza. Los voceros de la oposición han reemplazado los ejercicios de franqueza por una simulación de hermandad y por una vista gorda que solo deja de existir en la confianza de los cenáculos más cerrados, para que la sociedad solo entienda poca cosa sobre lo que dejan de hacer o se dedique a especular según su gusto.

Entre las conjeturas habituales destaca la de relacionarlos con negocios realizados en un trapicheo de bolichicos, odebreches, tuertos, gachos, chinescos, comunicadores autocensurados, banqueros del paraíso y testaferros domésticos en cuya compañía se fragua la fortaleza que le falta a la dictadura. Cómo inventan, ¿no es cierto?

 

 

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