Nada bueno es inminente – Floralicia Anzola

Por: Floralicia Anzola

Floralicia Anzola

Estos días de mayo, han sido definitivamente difíciles. Los iniciamos con la expectativa de un cambio casi inminente y luego esa posibilidad nos cacheteó con la realidad. Nada bueno en Venezuela puede ser inminente.

Inminente es la caída día tras día de la producción petrolera. Inminente es la posibilidad de perder poder adquisitivo, sea en dólares o en esa moneda fantasma, que es el bolívar.

“Inminente” es el temor que sienten frente a la potencialidad de la muerte, una tras otra las madres de los niños que requieren trasplantes y que saben que el próximo en irse puede ser el suyo.

En nuestro país, después de 20 años de un régimen transformando, bombardeando, corrumpiendo, desmantelando nuestra sociedad, la posibilidad de la inmediatez para salir de esto es, verdaderamente, una quimera.

Entonces, ¿cómo albergar esperanza si el ritmo de las malas noticias es “inminente” y la creación de las buenas es “para mucho después”?

Hemos estado en este ejercicio de incertidumbre y montaña rusa emocional desde hace tanto, que parece increíble que aun sigamos siendo tan vulnerables a él. ¿será porque somos venezolanos y no alemanes ni ingleses? ¿será porque nos acostumbramos a la vida confortable que nos brindó el petróleo sin asumirnos responsables de nuestro destino y corresponsables del de cada quien?

En este largo período de tiempo, hemos aprendido algunas cosas: Todo cambio requiere un proceso. Todo proceso, necesita del consenso de la mayoría. Toda mayoría, debe ser más que la suma de sus partes. Toda parte debe entender a la otra. Todo entendimiento requiere reflexión. Toda reflexión empieza por cada quien.

Hoy ese “quien” está en Colombia repartiendo encomiendas en bicicleta, trabajando como bedel en Argentina, caminando para llegar a Perú desde Colombia, dejando de comer su ración para darle alimento a los suyos en Propatria, temiendo las noches en el Helicoide, bregando la entrada al Palacio Legislativo para ejercer su rol de diputado. Ese “quien” somos todos y cualquiera de nosotros. Y todo empieza por aquí.

Ee momento de sentarnos y reflexionar. ¿Podremos dejar de ser vehículos de los “guerreros del twitter” y sus desviaciones? ¿Podremos informarnos mejor para entender la complejidad de lo que nos ocurre? ¿Podremos escuchar al “otro” para descubrir cómo ganarlo a nuestra causa o, en su imposibilidad, cómo vencerlo?

Necesitamos una pausa. Soltar un rato este equipaje. Revisar su contenido y ver cuáles cosas seguiremos cargando con nosotros ahora cuando sabemos que la cuesta es difícil, que cualquier peso extra es peso muerto, que cualquier bolsillo roto es algo perdido, que cualquier zapato maltrecho no nos llevará a ningún lado.

No dejemos que una salida inminente sea más una promesa.

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