El dulce sabor de la sangre - Carlos Raúl Hernández

Ucronía, Ucrania – Carlos Raúl Hernández

Publicado en: El Universal

Por: Carlos Raúl Hernández

Con Clinton y Gore se profundizó un dogma norteamericano, el salto quántico, el cultivo masivo del STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) que sin demoras había asumido el “socialismo de mercado” chino. Pero su papel de hegemón, “la lucha contra el terrorismo” y la geopolítica hicieron que EEUU se involucrara sistemáticamente en costosísimas guerras y distrajera su rumbo del STEM, que le había dado el triunfo sobre Japón y la URSS sin derramar sangre. Hay maravillosas creaciones de la literatura ucrónica, utópica, o distópica, películas, novelas y relatos conforme “lo que hubiera podido ser de no haber sido lo que fue”, la fantasía contrafáctica, pero no tiene sentido deducir conclusiones analíticas o prácticas de esas especulaciones literarias.

Sería un divertimento de la imaginación, como aquella interesante novela cyber-punk llevada al cineEl hombre en el castillo, de Phillip K. Dick, que cuenta como la muerte de Roosevelt impide la entrada de los EE. UU en la segunda Guerra Mundial, Hitler la gana y Estados Unidos cae bajo el dominio nazi. El autor es muy conocido porque otra de sus obras inspiró la hoy cuarentona y cada vez más sexy Blade runner de Ridley Scott. Es literario e interesantísimo desde el punto de vista de la imaginación derivar hipotéticas situaciones presentes de lo que no fue, pero muy tonto extraer consecuencias prácticas. Hay que analizar los acontecimientos según ocurren, como la actual guerra ruso-ucraniana, los errores cometidos a granel y las trágicas secuelas de acuerdo con las tendencias palpables, hoy cuando todo está en desarrollo. Para esos efectos sirven, si es que sirven para algo, la geopolítica y la política.

Las plañideras profesionales y emocionales encubren sus escandalosas inutilidad, ingenuidad, ignorancia de la realidad y carencia de materia gris detrás de la invocación ritual a “los principios” y para conviene repetir que la invasión a Ucrania viola la soberanía, sobre la que se basa el equilibrio mundial entre estados nacionales (cuenta Jardier Poncela, que a raíz de la guerra civil, un par de músicos defectuosos andaba de aldea en aldea maltratando sus guitarras para medio comer. Cuando la audiencia empezaba a pitarlos, uno de ellos se levantaba al grito de “¡Viva España!”, y terminaba el inconveniente. Tan cierto como eso, es que no hay nada más estúpido, inhumano, criminal, esconderse detrás de la soberanía para prolongar la destrucción de Ucrania con el ilusorio fin de arruinar la economía rusa, sobre todo cuando los resultados indican que lo que ocurre en las narices de los líderes mundiales es todo lo contrario.

Las democracias europeas saben los estragos que produce la guerra en ellas mismas, mientras Rusia continúa y simplemente cambia sus clientes para el petróleo, el gas y los minerales, como respuesta a los planes contra ella. China incrementó en 50% su compra de energía rusa, la India las triplicó, y hablamos de un bloque económico de 3000 millones de personas, aunque Europa ahora le compra escondido. Desde que comenzó la guerra, Rusia ha recibido 150.000 millones de dólares, que se multiplicarán en la medida que sigan las hostilidades, la energía rusa continúe su escalada de precios y la economía mundial se despedace. Los organismos multilaterales gritan desesperados que avanzan crisis alimentarias graves (por no decir hambrunas) en Centroamérica, Kenia, Etiopía, Africa Central, Etiopía, Cuerno de Africa, Sudan, Yemén, el Sahel ¿será la destrucción indiscriminada el costo a pagar por defender los “principios democráticos”?

Ucrania no tiene capacidad para derrotar a Rusia, y debería surgir con urgencia un movimiento mundial por la paz, pero solo parece verlo el Papa Francisco, menos sagaz en Nicaragua. Los ejércitos de la noche, la monumental novela de Norman Mailer, recuerda el papel del pacifismo en la opinión pública de los EEUU contra la guerra de Vietnam. El 21 de octubre de 1967 se reunieron miles y miles de personas frente al Pentágono, encabezadas por Mailer, Allen Ginsberg, Timothy Leary, entre otros, con la propuesta hippy de hacer levitar el edificio cien metros sobre el piso con los militares dentro. El “plantón” conmovió al mundo, Mailer escribe su libro inmortal y al final de la intensa campaña, los EEUU se salió. Los países democráticos saben que está en cuestión el futuro de Ucrania, pero eso no les importa mucho con tal de dañar la economía rusa, el objetivo declarado.

Prolongar el conflicto solo ensangrenta el desenlace. Se sigue alentando la guerra porque los muertos son ucranianos y no de las potencias, que no participarán directamente porque sería la tercera guerra mundial. Los avances civilizacionales construidos retroceden. La desmilitarización, hasta hace poco un “valor democrático” europeo, cede el paso al armamentismo que ahora se le exige a Alemania y Japón, algo inédito desde la segunda guerra. El gas licuado es más caro y doblemente contaminante que el que vienen por tubos y se tiende a regresar al carbón, hasta hace poco execrado. El Nuevo Orden Mundial que saldrá de esta guerra, con ejes relativos en EEUU, China, Rusia India, Indonesia, Suráfrica, Brasil, Japón, México, Irán y Latinoamérica, cada con sus propios pasos, será incierto.

 

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