Jean Maninat

Qué dirá el Santo Padre… – Jean Maninat

Por: Jean Maninat

“Qué dirá el Santo Padre que vive en Roma, que le están degollando a sus palomas”, rezaba un verso de Violeta Parra, una suerte de reclamo al sumo pontífice católico para que se apersonara en un mundo de injusticias sociales y tormentos de la “autoridad” sobre los oprimidos. El compromiso cristiano con los pobres, la vocación de evangelizar entre los humildes ha sido una constante desde los inicios del cristianismo, y ha pasado por la imagen icónica de San Francisco de Asís rodeado de pajaritos y flores muy a lo Disney, hasta el fiero fraile dominico Girolamo Savonarola prendiendo candela con los ajuares, libros y joyas de los aterrorizados ricos florentinos, que luego -pasado el susto- lo asarían a él en similar parrillada.

Buena parte de las tribulaciones de la Iglesia católica proviene de su recurrente necesidad de responder a lo divino y a lo humano, de gerenciar las almas y sus enseres mundanos, diluyendo así las fronteras entre lo que es de Dios y lo que es del César. En su archicitada obra La marcha de la locura (1984), la historiadora Bárbara Tuchman describe los excesos que llevaron a los papas renacentistas (1470-1530) a un despliegue de refinamiento, mundanidad, confusión de sus intereses personales y familiares con los de la Iglesia católica y, last but not least, una  lujuria de bípedos en celo, lo que trajo una inmensa pérdida de legitimidad que finalmente causó el cisma reformista cristiano.

Las luchas de poder entre príncipes de la Iglesia católica y príncipes laicos por controlar la cristiandad y su hacienda se fraguaron entre conspiraciones, excomuniones, absoluciones compradas, humillaciones, quítates tú, pa´ponerme yo. Toda familia de alta alcurnia que se respetara tenía un papabile en su galería de cuadros familiares. La admonición del Cristo sobre el reparto de lealtades entre el gobierno laico y el religioso se traspapeló entre la ambición de los papas por poner reyes y la de los reyes por poner papas, y el culto de la fe y la trascendencia, la verdadera misión de la Iglesia en la tierra, quedó relegada a formas y liturgias mustias, cuestión de curas de pueblo y beatas de luto impuesto y cavernario.

Y, henos aquí, cuando la tecnología espacial reintenta clavarle un cohete en un ojo a la luna -a lo Meliès- el presidente del país más poderoso del mundo -y remitente del artefacto lunar- decide declararle la guerra al jefe de la Iglesia católica, un sumo pontífice con aspecto menudo y aires de primo divertido que siempre es bienvenido a las cenas familiares de Acción de Gracias en su Chicago natal. El motivo no podía ser más de rigor: León XIV hizo una declaración en contra de la violencia, los conflictos bélicos y las perdidas de vidas humanas, a propósito de la guerra de Irán, un conflicto que navega a la deriva por el estrecho de Ormuz. Nada que violentara el oficio de representante de Dios en la tierra o el de un simple ciudadano medianamente preocupado por lo que le muestran noche a noche los medios de comunicación.

Los comentarios papales desataron una tormenta de descalificaciones presidenciales que no vienen al caso reproducir por toscas e impertinentes, pero que detonaron una respuesta papal inusitada, como proveniente de un recóndito y pendenciero patio escolar de colegio religioso: “yo no le temo” y pasó a reclamar su derecho a “proclamar en voz alta el mensaje del Evangelio”. Antes había asegurado que no consideraba que su papel fuera el de un político, más bien el de un promotor de la paz. Ojalá y así sea, y el jefe de la Iglesia católica no se deje llevar por

provocaciones audaces, por más encumbradas que sean. Somos muchos -creyentes y no creyentes- quienes añoramos la fortaleza espiritual, el mimo de la trascendencia y la búsqueda intelectual de Dios que caracterizó a la Iglesia católica. Hace ya mucho tiempo que las naves y pasillos de sus edificios asemejan los laberintos y vericuetos de un partido político.

Por lo pronto, ya sabemos lo que dice (y piensa) el Santo Padre que vive en Roma…

 

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