Entrevista a Asdrúbal Aguiar

Asdrúbal Aguiar Aranguren es un destacado jurista venezolano. Fue juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, Viceministro de Relaciones Exteriores de Venezuela, Ministro de la Secretaría de la Presidencia y es el actual Secretario General de la iniciativa democrática de España y las Américas (IDEA). Además, es profesor visitante del Miami Dade College y miembro de la Real Academia Hisparoamericana de Ciencias, Artes y Letras.

Asdrúbal ha escrito un artículo muy interesante, y por eso conversamos con él en nuestro programa de hoy.

 

CMR: Has plateado un artículo bajo el título “¿Cómo y por qué se acabó en Venezuela la República? y tu planteamiento fundamental es que Venezuela no cayó en una simple dictadura, sino que la República se agotó desde adentro. Su columna vertebral – las Fuerzas Armadas -, la fractura, fue el síntoma mayor de ese agotamiento, ignorado por los actores políticos del siglo XX.

Sin una nación de ciudadanos activos que asuma su responsabilidad histórica, ninguna república sustituta podrá ser realmente sostenible.

¿Qué les pasó a los venezolanos, Asdrúbal?

 

AA: Nos mantuvimos como públicos de teatro. Esta es la gran realidad.

Y esto es consecuencia de una deriva histórica, César Miguel. Cualquiera que lea el Manifiesto de Cartagena de 1812 debe tener presente aquella afirmación de Bolívar: “El pueblo no está preparado para el bien supremo de la libertad”. Y desde esa época arranca para nosotros una suerte de tutelaje que no ha cedido todavía desde el punto de vista intelectual dentro de nuestra sociedad.

Bolívar, por eso, cuando llega a 1819, le plantea al Congreso de Angostura crear un Senado vitalicio hereditario, integrado por los militares, para que los venezolanos no olvidemos nunca que son los militares a quienes les debemos todo. Y cuando da el salto a Bolivia en 1826, él crea lo que hemos experimentado nosotros en pleno siglo XXI: el presidente se hace vitalicio y escoge a su vicepresidente para que lo herede. Y esa fue la gran fractura de Bolívar con Santander, y con el general Páez y la municipalidad de Caracas.

Bueno, Páez trató de lograr una suerte de sincretismo de laboratorio entre el mundo de la civilidad, que era 1811, rápidamente para la gente. Todos los que integraban el Congreso en 1811, su gran mayoría, eran doctores egresados de la Universidad de Santa Rosa de Lima y de Tomás de Aquino, la actual Universidad de Caracas. Y esos son los que Bolívar ataca, llamándolos “padres y autores de repúblicas aéreas”.

Bueno, se logra un sincretismo con el mundo militar tras el tema del golpe de la reforma durante el tiempo de Vargas, y desde esa fecha hasta 1959, nosotros tenemos una nación tutelada, inexistente. Porque el 30% de la población se había perdido en plena guerra fratricida por la independencia, y ese 30% se perdió durante la guerra federal. Y de allí la emigración fuerte de canarios, estimulada por el propio general Páez.

Bueno, ¿qué ocurre? Nosotros vivimos el siglo XX dentro de la República militar.

¿Qué se consideraba ciudadano? El ciudadano que estaba vinculado al mundo de los cuarteles. Y por esto aquella afirmación de Andrés Eloy Blanco, de que era más fácil militarizar a un civil que civilizar a un militar.

Siglo XX. Entonces tenemos ciertamente un régimen democrático, pero de partidos acaudillados. ¿Y cuál era la impresión que tenía el venezolano común? Que, en definitiva, los dueños del mundo político eran los que escogían o no a los conductores. Y si aparecía un conductor bueno, aplaudíamos el mundo político. Si aparecía un conductor malo, simplemente denotábamos del mundo político. Cuando, en definitiva, la democracia es una experiencia ciudadana en donde la propia población tiene que asumir las responsabilidades de sus propias decisiones políticas.

 

CMR: Muy bien. Tenemos entonces Asdrúbal, así como Bolívar delegaba y escogía el que siguiera, así fuimos en nuestro universo, hasta que llegamos a ese paréntesis muy particular, que fue el experimento democrático de esos históricos 40 años que terminan con Hugo Chávez. Y Hugo Chávez elige a Nicolás Maduro, que resulta que es peor que él. Pero tú escribes que Chávez escogió a Maduro, pero ni Pérez ni Caldera escogieron a Chávez. A Chávez, recordemos, lo elige una abrumadora mayoría de venezolanos muy en esa tónica: el caudillo – y además militar – nos va a resolver con la conchupancia de las élites gobernantes del país, los sectores empresariales.

Muy bien, eso nos trae a este presente peculiar del día de hoy, donde no está Chávez, tampoco está Maduro, sino Delcy Rodríguez. Y no hay República.

¿Qué tenemos?

 

AA: Es que ahí es donde tenemos el gran problema de por medio que algunos me dicen: “bueno, pero es que eso es muy difícil, tenemos que reconstituir a la nación”. Y ese es un desafío tremendo, César Miguel, y lo resumo de esta manera: cuando yo estuve de embajador en Chile en 1980 ante el señor Pinochet, conversando yo con Frei Padre, recuerdo que le digo: “presidente, los exilados le mandan saludos”, y recuerdo sus palabras: “¿cuáles exilados? Los exilados son aquellos que estamos dentro de Chile dándole la el frente a la dictadura”.

Hoy en día nosotros tenemos el 30% de los venezolanos afuera con esta particularidad. Los venezolanos de afuera tuvieron que abandonar en el camino para sobrevivir. Lo sabemos tú y yo. Tuvimos que dejar en la casa al mito bolivariano, al César Democrático, aquel hombre a caballo que Mariano Picón Salas decía que aparecía en cada crisis venezolana. Tuvimos que dejar en Venezuela el mito de El Dorado. Vale decir, el que no hace el esfuerzo propio y necesario para sobrevivir, no sobrevive en el extranjero. Y tuvimos que dejar también en Venezuela este mito de Sísifo, que yo lo resumiría en Eudomar Santos: “Como vaya viniendo, vamos viendo”.

Esos tres mitos quedaron pegados en la psicología del venezolano a lo largo de la historia. Y yo presumo que los que se quedaron adentro no abandonaron esa tara. Los que están afuera tuvieron que abandonarla, y tendrá que producirse un reencuentro similar al que experimentaron los alemanes cuando hubo que reunir la Alemania oriental con la Alemania occidental.

Entonces, ¿por qué reconstruir la nación es indispensable? Porque nosotros no podemos avanzar hacia el porvenir echándole la culpa a Caldera o a Carlos Andrés Pérez por el desenlace que hubo. Nosotros no podemos seguir en eso porque, en definitiva, los responsables de la Constitución de la República somos nosotros.

Ahora la gran pregunta: ¿cómo se reconstituye una república que pasó 200 años bajo la tutela militar? Y aquí hago una referencia muy breve y rápida. La tutela militar, teóricamente estuvo presente hasta 1958. Mentira. La tutela militar se prorrogó a lo largo de la democracia y por eso presidentes como Betancourt, Pérez, Caldera, Herrera, o como el mismo Jaime Lusinchi, tenían gran cuidado en cómo preservar la tranquilidad militar. Era el gran desafío a lo largo de esos 40 años.

El 3 de enero se constató que no existe la Fuerza Armada en Venezuela.

 

CMR: Ahí hay una especie como de chaquetón, una guerrera con medallas de ojalata, pero adentro como que no hay nada.

Entonces, ¿cuál es nuestro problema hoy?

 

AA: Al problema central es volver.

Muchos dirán: «¿Cómo regresamos los pasos para rescatar nuestra identidad como nación?» Mayz Vallenilla en el 55 – recuerdo d un texto que leía yo en días pasado -, decía que nosotros somos de cultura de presente: El pasado no existe, el futuro no existe. Somos una nación inacabada en plena elaboración. Por eso somos resilientes los venezolanos. Pero los venezolanos somos genéticamente libertarios, en primer lugar.

Pensemos: el primer alzamiento en Venezuela fue contra la Compañía Guipuzcoana por su monopolio económico. El 19 de abril de 1810, que fue el segundo, fue que el depósito de la soberanía está en manos de la nación, no en Fernando VII. Eso es lo que desaparece, el ser nosotros libertarios y al paso el tener identidad cultural cristiana occidental. Ahí estaban nuestros genes.

Y había un tercer gen que se perdió: nosotros nacimos bajo la férula española como una realidad de localidades. La fuerza estaba en las localidades, y por eso los constituyentes del 11 hablaban de una República Federal, y esto es un equívoco, porque se dice que estábamos malcopiando Estados Unidos, pero es mentira. Estábamos copiando el modelo constitucional originario español, el de los foros y del mundo de la localidad.

Entonces, ¿cómo tenemos que reconstituirnos nosotros? En un escenario de república libertaria y en un escenario de república que respete a las localidades. Hay que acabar con el Estado centralizado.

Y aquí viene la gran pregunta, ¿el culpable siempre fue el Estado? No, no. El culpable tiene que comenzar a ser la nación, la responsable de lo que se haga o no se haga para lo sucesivo.

 

CMR: Asdrúbal, te voy a citar de tu artículo:

La pregunta que hemos de respondernos los venezolanos de conjunto: ¿Cómo y por qué una nación y una república tan pretenciosamente moderna y democrática, república de universitarios como la de 1811, pero militarmente hipotecada a lo militar por imperio de la inercia histórica, pudo desaparecer?

Aludes aquí a que éramos la democracia modelo de toda la América, que además apadrinó a los fracasos por dictaduras en el cono sur. Y entonces dices: “Es como si nos la hubiésemos bebido los venezolanos en un instante de delirio, como quien se engulle una botella de licor que luego no sabe cómo reponer”.

Y pareciera que estamos todavía en esa resaca, en ese ratón.

 

AA: Sí, sí. Porque lamentablemente hay algo que sí ocurrió a finales del siglo XX, y yo lo viví intensamente porque hago la infidencia. Cuando hubo el golpe el 4 de febrero, una de las personas a quienes llamó el presidente Pérez para que lo ayudase con el proceso fue a mí. Yo era juez de la Corte Interamericana.

Yo estoy escribiendo la crónica – porque obviamente no es el momento de sacarla -, de lo que fueron nuestras largas conversaciones en aquel momento. Su preocupación, ¿cuál era? La fractura militar. Y él lo dice en sus memorias proscritas, que no lograba unidad entre la Aviación, la Marina, el Ejército y la Guardia Nacional. Cada uno pensaba de manera totalmente diferente.

Entonces, al final, simplemente sobrevienen este aquella molienda de odios que habían intentado acabar en 1958 Rómulo, Jóvito y Caldera. ¿Por qué razón? Porque ellos vivieron la experiencia trágica de 1945, en donde se desataron las confrontaciones de toda naturaleza en Venezuela, los sectarismos y las parcialidades. Y eso hizo lugar a la dictadura de Marcos Pérez Jiménez.

Entonces, al final del periodo, a partir del año 89. Y yo aquí sí quiero hacer una observación: nosotros no hubiésemos podido escaparnos de eso, porque el ecosistema global estaba cambiando y te lo resumo con una experiencia que me tocó vivir. En el año 92, yo le preguntaba a Giulio Andreotti en Roma: “¿qué les pasó a ustedes?”. Y me dijo: “Estábamos él y yo caminando sobre la ferrovía, y se nos olvidó que venía el tren de la historia”.

En el año 89 hubo un quiebre epocal a nivel de Occidente. Venezuela no podía escapar de esa realidad. Los estados, lo decía Luigi Ferrajoli – un profesor florentino muy lúcido -: “Ya los estados no valen absolutamente nada para poder enfrentar los grandes problemas globales”. Lo estamos viendo. Hoy en día solo cuenta Estados Unidos o China, no cuenta ningún estado, ni siquiera los europeos.

Entonces, ese agotamiento del modelo de Estado como conductor de la vida política, desapareció a partir del 89. Y fíjate que se llevó 30 años: la caída del Muro de Berlín, 89 al 99, al 2009 al 2019, y el ciclo se cierra con el COVID19, y se abre un nuevo tiempo: 19 a 29, a 39 y a 49. Que hay que ajustar las placas tectónicas a nivel global, para nosotros también tener una suerte de GPS que nos permita reordenarnos en lo nacional, en sincronía con las nuevas realidades globales.

 

CMR: Muy bien. Has aludido, Asdrúbal, en tu artículo, en los artículos previos y en esta conversación, a la “República tutelada”, esa nación tutelada. Y nunca había estado más explícitamente tutelada que en este complejo presente que estamos viviendo, ¿verdad? Tutelados por la Casa Blanca que está regida en este momento por un señor muy particular como lo es Donald Trump, quien ha dicho que es el que realmente es el presidente de Venezuela. E incluso ha ido más allá, diciendo: “Cuando salga, puedo ir a Venezuela, lanzarme de candidato y ser el presidente porque soy el más popular en este momento allá en Venezuela”.

Más allá de las frases del presidente Trump, hay una realidad muy compleja de fondo.

¿Qué es esa “Venezuela tutelada” de hoy? ¿Qué le espera? ¿Cuál es el derrotero a seguir?

 

AA: Mira, el derrotero es muy sencillo. La nación tiene que elevarse por encima de esa realidad o circunstancia. Y voy al ejemplo: cuando uno ve a Estados Unidos privilegiando, por ejemplo, el ámbito económico y petrolero para resolver el problema venezolano, a nosotros se nos olvida la primera y la Segunda Guerra Mundial. Cuando terminó la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos creyó que el tema europeo se resolvía desde el punto de vista económico. Humillaron a los alemanes y sobrevino la Segunda Guerra. Cuando vino la Segunda Guerra, Plan Marshall, el problema de Europa se resuelve simplemente desde el punto de vista económico. Pero contaba Europa en aquel momento con Alcide De Gasperi y con Konrad Adenauer, para mencionar dos de los grandes titanes que le dijeron  a Estados Unidos: economía sí, pero democracia.

No hay democracia en donde no hay paz. No hay paz si no hay democracia. Y no hay democracia sin algo elemental: un estado de derecho que le sirva de garantía a las víctimas del Estado.

Entonces, ellos lograron conjugar desde ese punto de vista. ¿Por qué los americanos han sido repetitivos en esto? Porque ellos beben en la fuente del calvinismo, y en el calvinismo fundamentalmente de la visual es esencialmente esa. Nosotros bebemos en la fuente católica, tanto los europeos como los hispanoamericanos o iberoamericanos, como los queramos llamar. Y para nosotros, la libertad personal está primero que todo. Es la libertad de desarrollo de la personalidad, es la libertad para expresarnos, para discernir, para opinar, para ir a la plaza pública, el poder entendernos, el poder asociarnos. Y dentro de ese esquema organizamos la vida social y la vida económica.

Entonces, en este momento hay una inversión de valores. ¿Qué tienen que hacer los liderazgos? Yo veo allí como una suerte de titán que emerge más allá de las simpatías que tengan unos – creo que la mayoría la acompaña, el caso de María Corina Machado -. Que me impresiona de sobre manera, porque ella logró entender algo que no entienden los políticos. Y hago una infidencia: en algún momento, conversando este con Felipe González – mucho antes de toda esta deriva que hemos vivido -, le decía ella: “María Corina, si tú te abres las venas y pones a un actor político como a guiar y pegas la vena, la sangre no pasa”. Porque nosotros conjugamos desde el punto de vista de la República, María Corina conjugó desde el punto de vista de la nación que debe ser y que todavía no es.

¿Y qué es la nación? Es el nieto que se reencuentra con la abuela, es el hermano que está separado y quiere volverse a encontrar con su hermano. Es la vuelta a la casa de todos, independientemente de que unos estén en un lado y otros estén en otro lado.

Y yo esto lo resumía en un pequeño librito que yo lo llamé “El Atrio de los gentiles”, que era en el templo de Jerusalén – el único punto en donde se podían encontrar los judíos y los gentiles -, llamado el atrio de los gentiles.

Yo decía que María Corina es una experiencia como la de la liminalidad en la estética. Cuando tú y yo hemos tenido problemas personales, tenemos nuestras esposas, pero cuando tenemos nuestra madre todavía viva, nosotros íbamos a casa de ella no para pedirle que nos diera un consejo, sino para que nos pasase la mano por la cabeza. Entonces, es algo psicológico en donde la nación desperdigada, fracturada, descontenta, creyendo que está viviendo un tiempo muy amargo, le dije a la mujer: “Devuélveme al útero para que venga un nuevo parto”.

Y el discurso es ese. Es un discurso ético, religioso, mítico, en donde una nación desperdigada, pulverizada, encuentra a una mujer con vocación de madre, a una mujer tutelar, a una mujer protectora. Este es un tutelar es una tutela distinta a la política, es la protección de la madre, siendo todos diferentes.

Y lo resumo en esto: estaba un señor de portuguesa, viejo líder político, le preguntaba yo ¿qué le pasó a María Corina? Y decía: “estamos sorprendidos, porque los viejos no le piden un puente, no le piden una plaza, no le piden un hospital, simplemente le piden tocarla y lloran».

Entonces, ¿qué es esto? Venezuela tiene que resolver un problema afectivo. Y vuelvo a lo que te decía al principio: los que regresan se van a parecer a la migración italiana, portuguesa y canaria de aquel momento, que logró mezclarse con lo venezolano y nos impulsó hacia la modernidad. Ahora viene una migración de venezolanos distintos a los de adentro – en el mejor sentido de la expresión -, que tienen que reencontrarse efectivamente para constituir un proyecto político.

Para quienes obviamente hacen el ejercicio constitucional, muy bien, háganlo. Pero ustedes ya no pueden construir una Constitución a la luz de la experiencia histórica venezolana. Tienen que crear una Constitución a la luz del venezolano del siglo XXI, que se ha reencontrado en dos partes totalmente fracturadas.

 

CMR: Muy bien, concluyendo todo lo que has dicho. En un país que se ha fraguado sobre procurar caudillos, caudillos, caudillos, llegamos entonces a la madre, a la mujer, que no es precisamente la que va a ejercer el rol ese caudillesco, ¿verdad? Porque ya lo has dicho: es de un talante completamente distinto.

Esa columna vertebral que era la Fuerza Armada, demostró el 3 de enero que pues ni siquiera Mambrú pareciera ser digno de ese ejército, ¿no?

Entonces, ¿qué les espera a los venezolanos ahora?

Yendo a lo puntual: cuando María Corina no le dicen que regrese de inmediatocuando tenemos una situación tan confusa, una transición que no lo es en Venezuela.

¿Qué es nuestro día de mañana, Asdrúbal? Ya para concluir.

 

AA: Mira, el día de mañana que es hoy, que será mañana, que será pasado mañana. Es el día de la reconstitución de la nación, y tenemos una suerte de astrolabio, que es María Corina Machado. Porque tiene una gran ventaja, que es que el discurso afectivo viene desde los orígenes. Y el desencuentro que ella ha tenido con el mundo político venezolano, es que el mundo político venezolano – incluso el que nace en el siglo XX – conjugó en términos políticos partidistas como se manejaba la política en el siglo XIX y en el siglo XX.

Entonces, hay una simbología, hay unos códigos y hay unos iconos que no tienen nada que ver con un occidente que, como lo decía Papa Ratzinger, se siente avergonzado de lo que es, tumba las estatuas de Colón, no se sienten colombianos ni venezolanos porque ahora son este originarios. Es la búsqueda de una identidad perdida. Y, en el caso de Venezuela, hemos dado con la clave, ¿cuál? Problema afectivo. Y sería la realización de aquello que Rómulo Betancourt, 13 de marzo de 1964, en su último discurso ante el Congreso – presente Raúl Leoni, presente Rafael Caldera -: “Mis compañeros de partido me dijeron durante todo el quinquenio que me separara de Rafael Caldera. Me negué y no lo acepté, porque mi empeño era acabar con la saña de Caínes que se inoculó en la sangre de los venezolanos desde la hora de la independencia”.

Entonces, acabar con el mundo de la generosidad de los odios, es condición sin ecuanón para poder volver a casa. Es la madre que le dice a los hermanos_ «Sí, tú eras chavista y tú eras antichavista y ustedes tienen 20 años que no se hablan». Y la madre protectora le dice: «Mire, más allá de esta diversidad, tenemos que encontrar un núcleo común”. Porque la familia tiene que seguir sobreviviendo, funcionando y existiendo. Tiene que reconstituirse. Y eso solo tiene una clave: el afecto.

 

 

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