Infancia en riesgo: el béisbol como escenario de un caso de abuso – Mari Montes

El juego da espacio a aprender de los errores, no a condenarlos con violencia y abuso

Publicado en: El Extrabase

Por: Mari Montes

El béisbol no es para descargar frustraciones, es para formar seres humanos.

Llevo años escribiendo de este tema. Lo vi y lo sufrí de cerca, como mamá de jugadores de béisbol menor desde muy niños, es una pena que siga pasando.

El béisbol es un deporte que enseña a fallar… y a seguir. Es el juego donde el error se anota en la pizarra; donde poncharse es parte natural del camino; el juego en el que un bateador que falla siete de cada 10 veces, es una estrella.

Poncharse es normal. Batear para doble play es normal. Tirar mal a una base, fallar una asistencia, cometer un error… es normal. Lo vemos todos los días en todos los juegos en Grandes Ligas.

Entonces, ¿cómo se explica que un adulto pierda el control porque un niño falle?

Lo sucedido el lunes 13 de abril de 2026, en Maracaibo, en el estadio de Pequeñas Ligas de la Liga Coquivacoa, con un niño de apenas 8 años, me motiva a volver sobre este asunto.

El peloterito se ponchó y su padre lo golpeó frente a todos.

La escena generó indignación inmediata. Hubo reclamos, tensión, y finalmente intervención policial. El hombre fue detenido por maltrato infantil, reseñaron medios regionales.

Pero más allá de la noticia, hay una herida más dolorosa.

Ese niño fue traicionado en el lugar donde debía sentirse más seguro.

Porque el problema no es el ponche, nunca va a ser eso un problema en un juego de niños; el problema es creer que el deporte es una extensión del ego de los adultos.

Los niños no están en un terreno para cumplir sueños frustrados; no están para sostener el orgullo de nadie; no están para ser castigados por aprender.

Los niños están en un terreno para jugar; para equivocarse, para reír, para ser equipo, tener disciplina, compromiso, para divertirse; para crecer.

Un niño que le teme a fallar no aprende. Un niño que es humillado no mejora. Un niño golpeado no se hace más fuerte… se rompe.

Y ningún campeonato, ninguna jugada, ningún hit vale más que la dignidad de un niño.

Padres, entrenadores: si no pueden entender que el fracaso es parte del béisbol, entonces no han entendido el béisbol.

Y si no pueden acompañar a un niño en su error sin dañarlo, entonces no deberían estar en ese terreno.

Bien por los padres que enfrentaron a este papá violento y frustrado, ojalá esta experiencia lo haga reflexionar y nunca más maltrate a su hijo. Es deber de cada adulto proteger a los menores, aún sin ser sus hijos y estos representantes de la Liga Coquivacoa, lo saben y hay que felicitarlos por tomar acciones.

Al final, el verdadero juego no está en el terreno, está en el corazón de ese niño que, después de fallar, levanta la cabeza buscando una mirada… y merece encontrar apoyo, no violencia.

 

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