Asdrúbal Aguiar

Ellos, ellas, elles – Asdrúbal Aguiar

Por: Asdrúbal Aguiar

La experiencia de impunidad predatoria en Venezuela es hija de una declinación institucional y vacío de poder no resueltos a tiempo. Robar no significa robar, si no robas violas la ley.

En 1989 se archiva la reforma constitucional y ningún caso le hacen los partidos a la Reforma del Estado entre 1989 y 1999. Predomina la miopía. Creen estos que la cuestión nuestra es de orden fiscal y financiero, léase petrolero. Entre tanto, otros, emergidos de las catacumbas que deja tras de sí el derrumbe de la Cortina de Hierro, entonces ridiculizados, con eficacia prostituyen lo único que hace posible a la vida en sociedad, el lenguaje común, sus certezas. Ahora nos causa hilaridad o escándalo aquello de ellos, ellas, y elles.

La renovación marxista progresista en el siglo XXI es un concreto giro lingüístico. Sabe que por la vía de la conciencia no se cosifica al sujeto, sino desbrozando las sedimentaciones objetivadas en los documentos de su cultura, como lo indican los textos de ética del precedente siglo.

En 2004, al hablar en el III Congreso Internacional de la Lengua Española, organizado por la Real Academia en Rosario, Argentina, traigo a colación eso, justamente. Lo que de modo burdo expreso antes en la mesa editorial del diario El Universal de Caracas, me ayuda a contextualizarles el contexto político emergente en la región y pido no olvidar que la lengua es lo esencial de la vida humana, cuando no se la limita a lo biológico.

Esta vez, copiando a Wittgenstein, veo confirmado que, si el mundo crece con nuestro pensar y sus hipótesis los límites de nuestro mundo son los límites de nuestro lenguaje. Y la enseñanza no huelga. A mayor pobreza del lenguaje del que se dispone más miserable es nuestra comprensión de la realidad.

La corrupción o banalización del lenguaje mediante su inflación sin respaldo, que es lo que ocurre, no sólo está provocando un severo daño a las lenguas madres, en nuestro caso el español, sino que el lenguaje, por ahora travestido, aísla y fomenta la duda y la desconfianza recíprocas. Entierra al diálogo veraz.

Si las mismas palabras significan cosas distintas para cada uno de quienes las usan, el diálogo es un imposible. La movilidad de opinión que debe suscitar se paraliza. El maestro de nuestras letras, don Andrés Bello, narra que la misma corrupción que en Europa hizo desaparecer al latín, podría afectarnos: “podía transformarse aquella – el español– en una pluralidad de dialectos irregulares, licenciosos y bárbaros, obra del aislamiento”. Y es esto a lo que apunto por vertebral, al aislamiento, pues al cabo profundiza el distanciamiento social estimulado por las redes, no más por el Covid-19.

Más allá de las exquisiteces de quienes redescubren el catecismo gramsciano para evitar que se les asocie con el Manifiesto Comunista, lo inaugural y compartido en el Socialismo del siglo XXI fue la forja de una Torre de Babel resurrecta. Con los suyos hablan en otro idioma forjado, y al hacerlo con sus “enemigos” les distraen con lenguaje constitucional burgués.

Así, confundiendo las lenguas e imposibilitando la comunicación procuradora de experiencias ciudadanas, la guerra de todos contra todos – no más la lucha de clases u obreros del mundo uníos – es la regla en vigor.

Se alimenta el despropósito, se pavimenta el camino hacia el poder autoritario populista con piedras de sociedades culturalmente anómicas, de suyo indignadas, por silenciadas e insatisfechas, colectivizadas desde el ancla de las diferencias, ajenas al pluralismo. Son Torres de Babel, en suma.

Al no sentirse entendidas – por falta de un lenguaje común y preciso – creen hacerse entender – ellos, ellas, elles – por los salvadores que les interpretan al detal, que hablan y deciden por todos, por ellas, ellos y elles: Ayer Chávez, ahora Maduro, en Caracas; la Kirchner, en Buenos Aires; Correa, desde su exilio; Petro, en Bogotá; Arce o Evo desde La Paz; la pareja Ortega-Murillo en Managua, herederos de los Somoza. Díaz Canel no cuenta, es un muñeco de ventrílocuo.

En otro Foro al que recién acudo para hablar de periodismo y religión, a uno de mis interlocutores, preocupado por la semiótica en la cobertura y para evitar las intolerancias comunicativas, recomienda como ejemplo no hablar de catolicidad sino de “catolicidades”. Me escandalizo.

Sin que hayamos avanzado sustancialmente en el diálogo entre católicos y/o cristianos, o entre estos y el islam, o entre los anteriores y el judaísmo o el hinduismo o el budismo, la propuesta me resultaba, cuando menos, un oxímoron progresista. Es desintegradora, pues arguyéndose el derecho de cada uno de construir su propio tabernáculo o creencia, la diversidad religiosa, vista exponencialmente llegaría hasta el punto en que ninguno logre entenderse con el otro. El diálogo interreligioso sería imaginario.

Mi conclusión, por lo que escucho y así lo expreso, es que la gobernanza digital o la inteligencia artificial (IA) – la «teocracia digital» o el dataísmo – harán de las suyas con sus algoritmos para armar a tan demencial rompecabezas. La cuestión es que la IA sólo sabe de sentidos e instintos. La razón y el discernimiento, la conciencia que decanta por elección hacia el plano de lo trascendente y/o lo religioso no cuentan para aquella.

Antonio Gramsci, profeta del neomarxismo y predicante de lo que Zigmunt Bauman llama “liquidez cultural”, después de haber enfrentado al fascismo italiano no pudo inmunizarse de su enfermedad, a saber, la confusión deliberada de los signos de la comunicación. La describe Piero Calamandrei, a quien no me cansaré de invocar: “Las palabras de la ley no tienen más el significado registrado en el vocabulario jurídico, sino un significado diverso… Hay un ordenamiento oficial que se expresa en las leyes, y otro oficioso, que se concreta en la práctica política sistemáticamente contraria a las leyes… La mentira política, en suma, como la corrupción o su degeneración, en el caso… se asume como el instrumento normal y fisiológico del gobierno”, dice.

 

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