Plan de emergencia – Carlos Raúl Hernández

Publicado en: El Universal

Por: Carlos Raúl Hernández

Stalin, Hitler, Mussolini, Mao, Fidel, el Che y varios otros, fueron gladiadores por la felicidad de todos, una sociedad libre de aberraciones “capitalistas”. Pero esos loables fines de la “política del corazón”, crearon infiernos sobre la tierra, coreados por muchedumbres e intelectuales babosos. Y con cara pétrea aún repiten el discursito y destruyen naciones. Cada día que pasa, aunque parezca una boutade, se demuestra que gran parte del mundo político global no entendió ni entiende satisfactoriamente lo que significó la década de los 80 para la distopía socialista. La respuesta mecánica es que “se derrumbó el Muro de Berlín, el comunismo” pero ese es apenas el abreboca.

La respuesta cierta es que en los 80 murieron las diversas versiones del socialismo pero como Drácula, cuando menos lo piensas, ves sus colmillos a través de la ventana. El primer ahogado de este Titanic fue el socialismo democrático rooseveltiano. Jimmy Carter (1977-1981) protagoniza la escena final de la decadencia de EE. UU, humillado por Vietnam, Camboya, Irán, Nicaragua, el marxismo- canibalismo africano, etc. Un EE. UU, empobrecido, con desempleo e inflación a niveles tercermundistas, industria ineficiente, obsoleta, anacrónica para enfrentar al Japón y militarmente acorralado por la URSS, su bullying.

Providencialmente aparecieron Reagan y Clinton y cambiaron la atrocidad proteccionista-populista por la apertura global, pero hoy de nuevo retroceden. Bajando a Iberoamérica, para aquella fecha la encontramos en la miseria producto de la revolución mexicana, el varguísimo, el peronismo, el velasquismo, el fidelismo, el sandinismo, el modelo CEPAL, todas versiones retorcidas socialistas y nacional populistas, suaves o duras. Vino la crisis de la deuda en 1984 que puso la región al borde de africanizarse, rescatada por el FMl. Sin el Fondo, hoy no tendríamos México, Argentina, Brasil, Chile, Bolivia, Venezuela, sino nuevos Sudán, Malawi, Burundi, Mozambique, Rep. Centroafricana. EE. UU nos interviene el 3E porque llevamos 30 años jugando al Estado Fallido.

El Muro de Berlín cae en 1989 y la URSS se disuelve en 1991 (Tratado de Belavezha) desaparece el (enorme) bloque soviético y huyen los países hijos del leninismo. La izquierda, que vive renovándose continuamente para ser siempre un vejestorio, espera tener en alguna fecha del siglo XXll algún líder de la magnitud de Kautsky o Betancourt dos siglos antes. La demostración de esa merma intelectual es que después de la hecatombe de los 80, cuando el socialismo estaba, al decir de Edith Piaf “c’est payé, balayé, oublié. Je me fous du passé”, en Iberoamérica se ensaya de nuevo, con iguales resultados. Pero hay alguien muy importante que nunca cayó por el agujero-negro- traga-pueblos.

Deng Xiao Ping liquidó el socialismo a partir de 1978, la empresa productora de miserias, se dejó de disparates, convirtió China en el epicentro de las grandes empresas transnacionales y ya sabemos lo ocurrido. Cambió la historia con su frase “el mercado no es capitalista ni socialista, sino patrimonio de la humanidad”. Europa en los 70 era una constelación de países arruinados, hasta que llegó la mano invisible de la economía abierta con Felipe González, Thatcher, Mitterrand. La izquierda jugó a una viveza, pero la vida demuestra que la inteligencia reptil del vivo, es bolsa de paja. La viveza intentó culpar del incendio global creado por ellos, a los bomberos del FMl.

Parieron la patraña del “neoliberalismo”. Después que hemos vivido el ajuste económico más brutal en décadas, que pulverizó el salario, los fondos de retiro y las prestaciones, el argumento del corazón, que la economía abierta es “inhumana”, rompería la barrera del ridículo. El país puede recuperar sistemáticamente el salario real y el ingreso si no presta atención a la consigna destructiva de una brigada de demagogos: “bono no es salario”. Por el tiempo que marque nuestro crecimiento y mientras no haya madurado un sistema de retiro de capitalización individual, proponer aumentos de salario más que un crimen es una estupidez o ambas.

La mayor parte de los ingresos del Estado deben reparar las necesidades de la población por la vía de programas sociales basados en subsidios directos y las escuelas convertirse en centros de comando para la atención infantil. La alimentación familiar requiere fortalecer (también provisionalmente) programas como el Clap, por vía de convenios con empresas privadas de tradición y solvencia incuestionables. Debe apelarse al apoyo de las mujeres, que en otras experiencias similares han demostrado ser confiables y responsables. El economista Amartya Sen recibió el Nobel de Economía (1998) por su gran aporte sobre el efecto multiplicador del microcrédito que requiere retomarse entre las bancas pública y privada. El Banco Mundial tiene un paquete de programas sociales disponibles.

Indica la experiencia que estimular la expansión del emprendimiento y la economía informal implica eliminar requisitos burocráticos que la entorpecen. Un brazo operativo salvador que ya ha surgido espontáneamente y cuya expansión hay que favorecer y apoyar, es la economía informal, que debe mantenerse precisamente así y no pretender esquilmar con cargas impositivas. El peruano Hernando de Soto, uno de los economistas más destacados del mundo publicó El otro sendero (1986), una antífrasis alusiva a los terroristas de Sendero Luminoso en el que analizaba el papel socialmente positivo de la economía informal.

Entonces la obra me pareció impactante, original y bien construida, pero me inquietaba su elogio a la “buhonería”, pues todavía quien les habla estaba imbuido de tesis “industrialistas” y de la marginalidad como drama del desarrollo. Pero mi mayor reticencia era que la “nueva izquierda” de los 80 y sus intelectuales seguidores de Marcuse, desarrollaron la “teoría de la dependencia”: Thetonio Dos Santos, Vania Vambirra, Martha Harnecker, André Gunder Frank, Ruy Mauro Marini, Aníbal Pinto, Celso Furtado, la Teología de la Liberación, cuyo cretinismo se basaba en glorificar a “los marginales” como única fuerza subversiva y revolucionaria. Me pareció que era “moda marginal” y me obturé un poco para captar la verdadera importancia del trabajo de De Soto.

Ya en los 90 comprendí plenamente que el libro no hacía más que reconocer que una sociedad bloqueada institucionalmente para producir, como el socialismo nacional populista, se impone por a través de los vericuetos para crear empresas y no morir de hambre. Es un libro técnico, no valorativo, como dice Cassirer de El Príncipe. Hoy Perú es uno de los países más prósperos de la región gracias a que El otro sendero le hizo comprender la naturaleza de la informalidad. Tener esa enorme masa de productores informales contribuye a que el país haya podido sortear una crisis  política interminable desde la salida de Fujimori.

 

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