¿Se puede sembrar esperanza? – Alfredo Infante, S.J.

Por: Alfredo Infante, S.J.

La pregunta me ha quedado resonando. Dos palabras claves: sembrar y esperanza. Sembrar es siempre una apuesta y una inversión. Un acto fehaciente, es decir, un hacer con fe. El campesino cuando siembra previamente prepara la tierra, crea las condiciones para que ocurra el milagro y la semilla germine. Y, la semilla, abrazada por la tierra, muere a si misma, para transformarse y crecer, después, requiere de cuidado para  dar frutos. Muchas veces es necesaria la dolorosa poda, para que la planta se renueve y de fruto. La semilla en tierra, crece en dos direcciones, hacia abajo extendiendo sus raíces y hacia arriba buscando el sol, el oxígeno y haciendo visible su presencia hasta entregar y compartir sus frutos. Si los frutos son buenos y abundantes, la apuesta ha sido una inversión, y, si los frutos no son de calidad la apuesta ha sido un gasto, se perdió, habrá que aprender de la experiencia para seguir apostando.

En cuanto la esperanza, como recuerda San Pablo, «esperanza de lo que se ve ya no es esperanza», la esperanza es una fuerza interior que excita la imaginación, requiere de constancia, perseverancia, paciencia, para hacer posible aquello que contra todo pronóstico y, muchas veces, contra toda evidencia, se cree. No es obstinación, ni terquedad, la esperanza se conecta más con la intuición, con un sexto sentido, con un ver el paisaje a través de la hendija desde un cuarto oscuro pero con la imaginación puesta en el paisaje, no cegada por la oscuridad del cuarto. Por eso, la esperanza nos inquieta, afina nuestra mirada, nos lleva a encontrar caminos, dónde pareciera que todo está cerrado.

Para los cristianos, la esperanza es una virtud teologal, esto quiere decir, que en cuanto virtud es una actitud humana, y, en cuanto teologal, es la fuerza de Dios que palpita con nuestro palpitar, que nos impulsa desde dentro y nos pone a ver más allá… Por eso, a diferencia del optimismo que es una actitud sicológica positiva, limitada a la sicología de la persona, la esperanza es una fuerza interior humana que viene de Dios  y abre la percepción humana, a ver y activar las posibilidades, en medio de una situación aparentemente cerrada. Quien vive en la esperanza no se resigna a qué esto es así, al «no hay nada que hacer»…busca hasta encontrar caminos de superación.

El hombre y la mujer de esperanza, tiene la convicción de que toda situación, por muy oscura y adversa que se presente, es reversible, y, en las entrañas de la misma situación, están las hendijas  dónde se ve el paisaje.

El hombre y la mujer de esperanza no se resigna ante la mala situación, tampoco, busca los atajos, ni se desespera y cae en inmediatismos, es paciente, perseverante, buscando abrir posibilidades de transformación.

El hombre y la mujer de esperanza, sabe, que el adversario, por muy invencible que se presente, tiene su talón de Aquiles, y, por tanto, toda situación es reversible y, para esto, se requiere de mucha sabiduría.

Sembrar esperanza, es pues, sembrar el convencimiento que estamos llamados a vivir con dignidad, y, que sea cuál sea la situación, que nos oprime, es reversible. La realidad es mayor que la situación que nos ahoga  y, si logramos, ver más allá, encontraremos los caminos.

La situación que vivimos se puede expresar en dos imágenes poderosas. La del ahorcado y la del parto.

Yo puedo ver la situación con la imagen del ahorcado y, si me anclo en esta imagen, solo me queda lamentarme y patalear mientras espero la muerte, está imagen es desesperanzadora porque le confiere poder a quienes te ahorcan; la otra imagen es la de la «sala de parto». En una sala de parto hay dolor, incertidumbre, forcejeo, pero, todo se soporta, porque Alguien está por nacer, está por surgir una novedad…

Sembrar esperanza es ponernos a pujar en una misma dirección, acompañarnos, para hacer posible el parto…

 

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