Por: Jean Maninat
El fraude más habilidoso hispanoamericano no da más de sí. Como un circo fantasmal con la carpa hecha jirones, los acróbatas regados por la arena ya sin fuerzas para caminar, la risa de los payasos convertida en una mueca adolorida y sin dientes, y las fieras devoradas hace años por el público hambriento, la revolución cubana se va extinguiendo lentamente, hecha huesos y harapos, sus ineptos dirigentes gritando consignas y enarbolando infantiles banderitas nacionales, en el enésimo acto de fin de curso que representan.
Cuba es una estrechez rodeada de agua por todas partes. Sus habitantes han sido martirizados por una burocracia ideológica-militar inepta -pero autosatisfecha- que se reproduce a sí misma en un juego de sillas, ávida de mantener asiento en los órganos directivos del Partido Comunista de Cuba (PCC) y en las empresas del Estado. Según los oráculos de la Calle 8, allá en Miami, un nieto de Raúl Castro, Raúl Guillermo Rodríguez Castro, apodado “El Cangrejo”, estaría en “conversaciones” sobre el futuro de Cuba con nada menos que el wonder kid del momento: Marcos Rubio. Y un sobrino-nieto de Fidel y Raúl Castro, Óscar Pérez-Oliva Fraga, estaría en la línea de sucesión para 2028 cuando le tocaría retirarse a Díaz-Canel, el actual presidente de Cuba y primer secretario del PCC. Todo en familia.
(Por cierto, como dato curioso, ni la salud del comandante Chávez, ni la seguridad del presidente Maduro, las supieron resguardar como prometido. Sobre todo, la fábula de la destreza y valor militar de que hacían tanta gala, quedó altamente comprometida luego de la catástrofe de principios de año en Caracas).
La magia que alguna vez acompañó el acto de repartir el mismo pan en millones de migajas se gastó, y ni los otrora más entusiastas valedores quieren con los líderes de la isla su suerte echar. A lo sumo, habrá quienes -como México y Canadá- los consideren sus mendigos favoritos y como los domingos luego de misa, depositen en las manos mendicante unas monedas humanitarias, sin ni siquiera esperar a cambio frutas sabrosas, marañones y mamoncillos del Caney.
Y ahora, sin valedores ni limosnas, la isla está a ciegas -literalmente- atrapada entre la ceguera ideológica de la nomenclatura gobernante y su proverbial mediocridad para crear y mantener una economía medianamente funcional. Ni siquiera ha sido capaz de emular la versatilidad y pragmatismo económico de Vietnam (con quien compartió espacio tutelar en el panteón de la progresía europea, tan vociferante y sumisa intelectualmente a la vez). El resoplar cada vez más cercano y amenazante del enemigo histórico, el imperialismo yanqui, dejó de ser una consigna, un passe-partout para culpar de todo mal a una fuerza exterior y exonerarse de toda culpa en tan monumental fracaso histórico. No hay nada épico en un país sin electricidad, sin agua, sin techos, sin paredes, gracias a la indolencia de sus gobernantes. Una pesadilla de escombros y espectros que se niegan a descansar en sus sepulturas, de dirigentes mendicantes a quienes ya nadie compra las razones de su lamento.
Un espectro recorre el Caribe: Cuba.





