La capital venezolana, que ha sido abatida por el declive económico, el régimen autoritario y una inmensa fuga de cerebros, parece mostrar signos de revitalización económica y social.
Publicado en: The New York Times
Por: Simon Romero
En el bar panorámico 360, en el corazón de Caracas, todas las mesas estaban ocupadas, a pesar de que para muchos las copas pueden costar más que varios meses de salario base.
Sentada con unos amigos una reciente noche de febrero, Verónica Sanguino, de 19 años, que trabaja en un mercado de pescado, dijo que había ahorrado durante semanas para poder pagarse la noche en el bar al aire libre.
Su grupo brindaba con copas de vino y comía ceviche mientras disfrutaba de una impresionante vista de la ciudad, que fue bombardeada el mes pasado por las fuerzas estadounidenses durante la captura del líder venezolano, Nicolás Maduro.
Sanguino explicó que había salido con sus amigos buscando escapar por un momento de la realidad del país.
En una ciudad que se niega a dejarse humillar por décadas de desgobierno, escenas como esta empiezan a extenderse.
Empecé a vivir y a cubrir Venezuela en 2006 y este mes hice mi primer viaje aquí en años. Me sorprendió lo que vi: una capital orgullosa, abatida por el declive económico, el régimen autoritario y una inmensa fuga de cerebros, pero que muestra signos de volver a la vida.
Los nuevos restaurantes se multiplican y las discotecas están abarrotadas. Las empresas emergentes florecen en lo que algunos se atreven a llamar el comienzo de una recuperación económica.

Gran parte del incipiente optimismo se basa en la esperanza de que la moribunda industria petrolera venezolana crezca este año. Las restricciones autoritarias también empiezan, tímidamente, a suavizarse a medida que se libera a presos políticos y los venezolanos ponen a prueba los límites de la censura y salen a la calle a hacer pequeñas protestas.
Aun así, el momento es frágil y abundan serias limitaciones. Caracas sigue siendo una especie de burbuja, donde la riqueza se concentra en manos de una pequeña élite y solo una fracción de los caraqueños, como se conoce a los residentes de la ciudad, puede pagar los precios de sus costosos locales nocturnos.
El inusual acercamiento entre Venezuela y Estados Unidos también está en sus inicios. El gobierno estadounidense está presionando enérgicamente para que se produzcan cambios económicos y políticos, lo que podría suscitar reacciones contrarias en un país donde el Partido Socialista, en el poder, durante mucho tiempo ha considerado inaceptable la intromisión estadounidense.

A pesar de que los lazos con Washington empiezan a transformarse, en las calles de Caracas los murales siguen elogiando a los gobiernos de Irán, Cuba y Rusia, y los eslóganes de las vallas publicitarias rezuman desafío y amenazas contra la disidencia:
“¡Dudar es traición!”
“¡No somos colonia de nadie!”
“¡Venezuela no es una amenaza!”
Estas muestras ocultan las fuerzas que ya remodelaban lentamente Caracas, con una población estimada en unos tres millones de habitantes, antes de la destitución de Maduro.
El desplome de la economía en la última década llevó a muchos habitantes a emigrar. Los embotellamientos, antaño legendarios, han dado paso a desplazamientos sin prisas por autopistas concebidas por el urbanista estadounidense Robert Moses.
Caracas, que solía estar tan azotada por los homicidios y secuestros que sus habitantesla comparaban con Bagdad durante la guerra de Irak, también es mucho más segura hoy en día.

Los especialistas en delincuencia atribuyen este cambio a la migración de miembros de bandas como el Tren de Aragua, que ahora operan en todo el continente americano, y a una campaña de ejecuciones extrajudiciales por parte de unidades policiales de élite. Estos especialistas afirman que una mayor amenaza procede ahora de fuerzas de seguridad como la Policía Nacional Bolivariana, principal organismo encargado de hacer cumplir la ley a nivel federal, conocida por extorsionar y exigir sobornos.
Otros cambios son más sutiles, pero no menos profundos. Las imágenes de Hugo Chávez, quien murió en 2013 y fue el fundador del régimen que ha controlado Venezuela durante casi tres décadas, solían ser omnipresentes en Caracas, reflejando el culto a la personalidad que crearon sus seguidores.
Ahora, las pinturas del Comandante, como se conocía a Chávez, se limitan en gran medida al centro histórico y a los bastiones de los seguidores que le quedan. Esto es un reflejo, según algunos, de las políticas orientadas al mercado que Delcy Rodríguez impulsó en un intento de estabilizar la economía de Venezuela antes de convertirse en presidenta interina en enero.
“El color rojo ha ido desapareciendo paulatinamente del paisaje urbano”, dijo Asdrúbal Oliveros, economista, refiriéndose al color que no es una mera elección estética, sino una fuente de identidad revolucionaria para el movimiento chavista que Chávez forjó.

Aun así, en una entrevista en Loccal, un espacio de coworking que está de moda, Oliveros subrayó que, aunque la economía de Venezuela muestra signos prometedores de crecimiento, sigue siendo volátil.
Muchas de las nuevas inversiones en Caracas se pusieron en marcha antes de la captura de Maduro, mientras que Rodríguez, durante mucho tiempo una importante aliada del líder depuesto, comenzó a exponer la economía a las fuerzas del mercado, añadió. Pero para que la economía vuelva al tamaño que tenía antes de que Maduro la hundiera con un gasto excesivo y la impresión de grandes cantidades de dinero, lo que desató la hiperinflación, Venezuela necesitaría crecer alrededor de un 10 por ciento anual durante los próximos 10 años, dijo Oliveros.
La inflación galopa a un ritmo anualizado de aproximadamente el 560 por ciento, estimó Oliveros, erosionando los salarios base de muchos empleados del sector público hasta el equivalente de unos 2 dólares al mes. Al mismo tiempo, el uso de facto del dólar en lugar de la moneda nacional, combinado con la dependencia de las importaciones, ha hecho que los precios de muchos artículos y servicios en Caracas se disparen.
El desodorante o el champú, por ejemplo, pueden ser un 30 por ciento más caros en Caracas que en una tienda Walgreens de Miami. Los cócteles en algunos bares nuevos cuestan 17 dólares o más.
“Esta ciudad tiene los salarios de Zimbabue, los servicios públicos de Bangladés y los precios de Nueva York”, dijo Phil Gunson, un analista político británico que lleva décadas viviendo en Caracas, mientras almorzaba en La Estancia, un restaurante donde un filete Porterhouse cuesta 160 dólares. El local estaba casi lleno un jueves por la tarde.
Gerson Gómez, un empresario que trabaja en un nuevo centro tecnológico en un edificio donde Procter & Gamble desarrolló marcas para el mercado latinoamericano, atribuyó la capacidad de la gente para pagarse esos lujos en parte al crecimiento de empresas emergentes como la suya.

“El potencial por descubrir que hay en esta ciudad, y en todo el país, es sencillamente gigante”, dijo Gómez, de 38 años, cuya empresa de viajes compartidos, Ridery, ha pasado de tener dos empleados a tiempo completo a más de 400 en los últimos cinco años.
Para subrayar la exigencia de un alto nivel de vida, que la revolución venezolana de inspiración socialista nunca logró erradicar, se están abriendo nuevos restaurantes lujosos por toda la ciudad. Uno de ellos es Filomena, una marisquería italiana que abrió hace menos de tres meses en el verde barrio de San Román.
Andrés Elizalde, director general de Filomena, donde los clientes pueden gastarse fácilmente 200 dólares en langostas de Maine, mero con espuma de trufa, caviar y vinos importados, observó que el país está dando un giro.
La inmensa mayoría de los caraqueños nunca probarán los manjares de Filomena. Casi todos llevan una existencia que depende en gran medida de las subvenciones del gobierno.

En otras partes de Caracas, hay indicios de que el pensamiento socialista que ha inspirado las políticas gubernamentales durante décadas sigue desempeñando un papel a la hora de proporcionar una red de seguridad, aunque deshilachada, a muchos habitantes de la ciudad.
Me topé con una prueba de eso una tarde en una feria callejera en la parroquia San Pedro, una zona pobre con edificios de apartamentos art déco en decadencia.
Bajo carpas, empleados públicos ofrecían a la gente diversos servicios gratuitos, como tomas de presión, análisis de sangre, exámenes oculares, medicamentos básicos, cortes de pelo e incluso masajes terapéuticos, además de vacunas y corte de uñas para perros y gatos.
“Cosas así son las que hacen que la vida aquí se pueda aguantar, e incluso le dan su toque chévere”, dijo Katy Valderrama, de 53 años, una profesora de bachillerato que se presentó para que le tomaran la presión; iba acompañada de Duque, su perro. Casi 200 personas más esperaban pacientemente en la fila para recibir las prestaciones estatales.
Con semejantes contrastes a la vista, la cabeza me daba vueltas. Después de correr de una entrevista a otra, me escapé en mi último día completo para subir el Ávila, la cadena montañosa que se eleva majestuosamente sobre Caracas, separando su expansión urbana del mar Caribe.
Al bajar, en una calle vacía cercana a mi hotel, media decena de agentes de la Policía Nacional Bolivariana se arremolinaron a mi alrededor.
Mientras empuñaban rifles, me pidieron el carnet de identidad, me cachearon, me hicieron vaciar los bolsillos, amenazaron con detenerme y se mostraron incrédulos cuando les dije que estaba en el país con un visado de periodista.

Respiré hondo al recordar la temible reputación de esta fuerza policial. También recordé cómo el régimen de Maduro había detenido en los últimos años a visitantes extranjeros y los había acusado de urdir planes de desestabilización, sin ofrecer ninguna prueba, antes de liberarlos en intercambios de prisioneros.
Con calma, les mostré una copia electrónica de mi visado en mi teléfono. Les dije que debían llamar al Ministerio de Comunicación e Información si tenían más preguntas, ya que altos funcionarios del mismo me habían concedido permiso para estar en el país.
Con una sonrisa depredadora, el jefe del grupo me entregó a regañadientes la tarjeta de mi pasaporte y me dijo que siguiera mi camino.
Bajé la colina a paso ligero. Fue un momento que me recordó cómo los encantos de la ciudad han estado acompañados durante mucho tiempo de una sensación de amenaza, y cómo los cambios que se están produciendo en Caracas solo están empezando.





